Acoso a los obesos
Isabel S. Larraburu
El origen del sobrepeso responde a numerosos factores genéticos,
ambientales, culturales y socioeconómicos. Los datos aportados por la ciencia
demuestran cada vez con mayor claridad el papel predominante que adquiere en
ello la fisiología, la bioquímica y los genes, por lo que deberíamos dejar de
considerar la obesidad como un simple problema de "fuerza de voluntad"
Los españoles somos igual de gordos que los norteamericanos. Esta afirmación
puede sorprender a muchos ya que existe la creencia extendida de que EE.UU. es
un país de gordos. Los datos aportados por los investigadores holandeses
Seidell y Deerenberg (1994) sobre la prevalencia de la obesidad en diversos países
europeos indican que ha aumentado rápidamente en todos los países
desarrollados en las dos últimas décadas. Los países mediterráneos y los del
este de Europa lideran la lista en nuestro continente. Datos de 1993 indican que
la prevalencia de sobrepeso en Cataluña es del 31,7% y la de obesidad, del
11,1%. (Llibre blanc. Avaluació de l'estat nutricional de la població catalana
1992-1993). Este porcentaje es más elevado que el de la población blanca
norteamericana y equivalente al de la población no blanca , el segmento más
afectado en ese país. Si esta es la situación, ¿dónde están los gordos autóctonos?,
¿por qué no se exhiben como los norteamericanos? Podemos pensar que estos últimos
están logrando superar mejor la discriminación de la que son objeto y que
empiezan a pisar firme y a exigir el debido respeto, defendiendo con ello su
derecho a la diferencia de talla.
Definir el sobrepeso
El índice de la masa corporal (IMC) es la medida más extendida para definir
el sobrepeso. Su fórmula relaciona peso y altura y consiste en dividir el número
de kilogramos por la altura en metros al cuadrado: kg/m2. Por ejemplo, una
persona cuya altura es de 1,65 m que pesa 65 k tendría un IMC de 23,8. La OMS
clasifica los diversos niveles de IMC en grados de sobrepeso. El Expert
Committee on Physical Status de la OMS propone los puntos de corte 25, 30 y 40
de IMC que corresponden a los grados 1, 2 y 3 de sobrepeso. Esta organización
afirma también que estos puntos de corte no implican aisladamente la necesidad
de intervención terapéutica, sino que antes deben interpretarse en combinación
con otros determinantes de morbilidad y mortalidad como son la enfermedad, el
tabaquismo y la presión arterial. No existe, por tanto, acuerdo sobre cuál sería
el peso "saludable". Idealmente, este correspondería a los grados de
IMC en los que la morbilidad y la mortalidad son mínimas, mientras que lo
definido como sobrepeso debería iniciarse en el punto en que aumentan los
efectos adversos. Un estudio publicado por Seidell en 1995 concluye que la
presencia de obesidad en Europa se ha incrementado durante las dos últimas décadas.
Indica igualmente que la práctica habitual de restringir las calorías de la
dieta en los diversos países no tan sólo ha fracasado en su intento de
prevenir y reducir la obesidad, sino que ha provocado un aumento de la
prevalencia.
El estudio Framingham
La investigación clínica actual deja entrever la limitada eficacia de las
dietas hipocalóricas como método preferente para lograr mantener sus
resultados a largo plazo. Datos recientes de EE.UU. señalan que el 98% de las
personas que se someten a dietas recuperan el peso perdido al cabo de cinco años
y que el 90 % vuelven a ganar el peso perdido y un poco más en el mismo periodo
(National Institutes of Health, 1992). El estudio Framingham sobre el corazón,
publicado en el "New England Journal of Medicine" en 1991, establece
que el riesgo de cardiopatía se eleva a un 70% en las personas que fluctúan
constantemente de peso a lo largo de su vida (el síndrome del yo-yó) en
comparación con los estables. Además, esta variación cíclica de peso
favorece una recuperación más rápida a causa de sus efectos sobre el
metabolismo. Así, parece evidente que es más saludable para el corazón
convivir con el sobrepeso que hacer frecuentes intentos de dieta.
La idea de un cuerpo maleable que puede ser modificado para adecuarse al
modelo estético que impone la moda en nuestros tiempos empieza a ser
desestimada por poco realista.
El origen del sobrepeso responde a una multiplicidad de factores de
caracteres genéticos, ambientales, culturales y socioeconómicos. Los datos
aportados recientemente por la ciencia demuestran cada vez con mayor claridad el
papel predominante de la fisiología, la bioquímica y los genes en este caso,
por lo que deberíamos dejar de considerar la obesidad como un simple problema
de fuerza de voluntad. En realidad, el margen de variación ponderal que se
puede esperar se reduce aproximadamente a entre un 15 y un 20%. Este porcentaje
es el que corresponde a las variables que dependen del entorno y al estilo de
vida: la temperatura, la cantidad de cada ingesta, el comportamiento, las
características de la nutrición y de la actividad física.
Lo gordo puede ser bello
-Ya habrás llegado a la talla 50, ¿no?
-Sí, hasta ahora nunca había logrado pasar de la 48.
-Estás muy guapa.
-Gracias, lo mío me ha costado.
Este diálogo, que en nuestro medio podría calificarse de surrealista, podría
formar parte de la política activista de la norteamericana National Association
to Advance Fat Acceptance (NAAFA) (cuya traducción podría ser asociación
nacional para el desarrollo de la aceptación de la gordura). La filosofía
inicial de este grupo, formado a finales de los sesenta en Nueva York, era
organizarse a escala nacional para conseguir que aumentara la autoestima de las
personas gordas, fomentar una visión más respetuosa y equilibrada de la
obesidad en una sociedad contra los gordos y luchar contra el estigma social.
Posteriormente se añadieron colectivos feministas contrarios a la doble opresión
de la mujer: el sexo y el peso. Por último, su crecimiento máximo se produjo
en los ochenta a raíz de la eclosión de los trastornos del comportamiento
alimentario -anorexia y bulimia- cuyo origen reside, en gran medida, en la presión
social a la que están sometidas las mujeres para adecuarse a un determinado
tipo físico.
El movimiento llamado "size acceptance" o aceptación del propio
cuerpo, introduce la idea de que las personas deben ser aceptadas y respetadas
por igual tengan la corpulencia que tengan: delgados, gordos o de talla media.
Afirma que la manipulación del peso corporal no es deseable y que incluso puede
ser perjudicial y que la restricción calórica intermitente puede producir,
paradójicamente y a largo plazo, incrementos de peso en lugar de reducciones.
La finalidad política del movimiento consiste en reivindicar la adaptación
de los lugares públicos a las necesidades físicas de las personas corpulentas,
como asientos en los cines, teatros y aviones...
Promover la oferta de ropa en todas las tallas, a precios asequibles, no más
cara que la de tallas menores, y de diseño actualizado. Lograr que en los
diversos medios de comunicación se vaya introduciendo un concepto más amplio
de belleza. Divulgar datos de los numerosos estudios que confirman las
consecuencias adversas de las dietas hipocalóricas restrictivas sobre el
metabolismo y su papel desencadenante en los trastornos de la conducta
alimentaria. Educar a todos los ciudadanos, especialmente a médicos y personal
sanitario, para que tengan un trato más respetuoso en su relación e interacción
con las personas corpulentas. Defender los intereses de la población gorda en
el ámbito de la investigación sobre la obesidad con el fin de que esta
modifique sus objetivos: en lugar de adelgazar a los gordos, lograr que sean más
sanos.
En el aspecto personal aconsejan reconciliarse con el propio cuerpo tratándolo
y tratándose bien. Esto implica de forma necesaria alimentarse adecuadamente,
practicar actividades de tipo físico por placer y también para lograr una
mejor forma física y no con la idea exclusiva de que hay que perder peso y, por
último, arreglarse y vestirse sin esperar a perder kilos. Abandonar la idea de
aguardar el adelgazamiento para disfrutar de la vida. Desarrollar el
autorrespeto, recordando que se debe exigir un trato correcto. Esto significa
rechazar comentarios en contra de la gordura y no incorporarlos a sus propias
creencias. Si bien admiten que no todas las personas que luchan en contra de la
discriminación por el peso aceptan totalmente su tamaño, advierten que esto
puede ser debido al impacto de la cultura antigordura imperante que pretenden
erradicar.
El negocio de las calorías
Los miles de millones de pesetas que se mueven en el negocio de la
insatisfacción corporal, especialmente centrado en la mujer, es un objetivo
primordial en el activismo de este movimiento. Nuestro país no es ajeno a este
problema e incluso es posible que la discriminación se ejerza sobre pesos más
reducidos. Los mensajes subliminales que se llevan a cabo en los diferentes
medios de comunicación son tan poderosos que toda mujer en nuestra sociedad
aprende, desde antes de la pubertad, a estar disconforme con su cuerpo.
Los nutricionistas informan que cada vez hay más mujeres de peso normal que
acuden a sus consultas para adelgazar. Las revistas femeninas presentan fotos de
jóvenes con un cuerpo perfecto subidas a la báscula y preocupadas por los
kilitos adquiridos durante las fiestas navideñas; los gimnasios están repletos
de mujeres de peso absolutamente normal, insatisfechas por la forma de sus
muslos; la anorexia nerviosa se presenta ya en niñas de 9 años; las que tienen
entre 11 y 12 años siguen dietas hipocalóricas. La mujer con sobrepeso que se
atreve a entrar en una tienda de ropa en nuestra ciudad es mirada con desprecio
y conmiseración y acostumbra a salir con la respuesta de que no hay talla para
ella.
Parece ser que existen muchos intereses que están en juego para fomentar la
insatisfacción, más que la salud en el negocio de las calorías. Si los datos
que se conocen sobre las tallas de las españolas no nos engañan, existen
muchas mujeres rellenitas, gorditas y obesas en nuestro país. ¿Por qué no las
vemos como reflejo de nuestra realidad en la televisión y en las revistas?
Entre los estragos psicológicos causados por la autoexigencia impuesta de
adelgazar, la autoatribución de los fracasos repetidos en desafiar la inclinación
genética y la valoración social ligada a la figura se encuentran la depresión
mayor, la ingesta compulsiva o por atracones y también la autoestima reducida o
fluctuante, que está muy estrechamente asociada al peso corporal. A pesar de la
resistencia de muchas mujeres a asumir su condición de persona gorda, y aún más
a afiliarse a un grupo, ya existe en Barcelona alguna iniciativa cuyo fin
primordial es el de apoyar social y psicológicamente a estas personas en su
lucha contra el rechazo.