Tiene la suerte de haber cumplido los treinta con una
situación profesional que le permite hipotecarse sin sobresaltos, ver mundo y
disfrutar de lo último en tecnología y recreación. Es de los pocos de su
promoción que ya ha logrado lo que anhelaba. Ser una pieza de mecano de una
empresa multinacional que lo mima al tiempo que le chupa la sangre. Pero el se
deja hacer con gusto. Cuántos quisieran estar en su lugar ahora que se avecina
la crisis o que ya estamos en ella.
Le gusta que se note que él es leal a su compañía, que invierte en ella energía,
horas y neuronas. No importa que el trabajo se extienda hasta la madrugada o le
hagan viajar y trabajar los fines de semana. Está secretamente orgulloso de su
condición de “trabajólico”. No se espera menos de él y, además, está muy
bien visto en la sociedad. Pertenece a un medio donde típicamente los más
avispados se proponen sacar el mayor provecho de los beneficios del estado de
bienestar y amortizar lo que han aportado. Para muchos la “calidad de vida”
prima sobre los logros profesionales. A diferencia de aquellos que se sienten
atrapados en contra de su voluntad por su propia incapacidad de decir “no”, al
joven ejecutivo le encanta su trabajo y las ventajas que le reporta.
Los motivos internos.
El trabajólico es más complejo de lo que parece. No sólo trabaja por escapar, ni
lo hace por las ventajas que obtiene. Sus motivaciones internas son numerosas.
Entre ellas:
• Es incapaz de relajarse. Necesita terminar tareas para hacerlo. Cuando termina
una, ya tiene otra en la cabeza.
• Siente que las debe hacer aunque no tenga ganas. Le da miedo parar.
• Está tan acostumbrado a hacer lo que se espera de él , que ni sabe lo que
quiere y necesita él mismo.
• Su auto estima se asienta en la percepción que tiene sobre cómo los demás
valoran su trabajo y otras áreas de su vida.
• A menudo se traiciona a sí mismo aceptando las demandas de la gente que
considera de “autoridad”.
• No conoce la verdadera serenidad.
• Quiere entender todo en su vida, hasta su más insignificante emoción. Teme la
pérdida del control. Por eso se resiste a expresar sus emociones.
• Se valora por sus logros. Por eso necesita el reconocimiento de sus compañeros
y jefes para sentirse bien.
• Cree que si se muestra muy competente va a ser más apreciado.
• Por esa razón tiende a comprometerse a más funciones que las que puede
atender.
• Oculta sus fracasos y exagera sus éxitos por temor a perder el respeto de los
demás.
Para dejar de serlo o moderar la tendencia.
• Aceptarse a si mismo. No utilizar el trabajo como medio para obtener
aprobación, encontrar la propia identidad o justificar su existencia.
• No huir de los propios sentimientos. Ser consciente de sus necesidades y
deseos.
• No descuidar la salud, las relaciones, el ocio y la dimensión espiritual. No
hacer solamente actividades relacionadas con el trabajo.
• Mantener la espontaneidad, la creatividad y la flexibilidad. Dejar de
organizar y planear todo en la vida. Aprender a convivir con la incertidumbre.
• No crear situaciones artificiales de estrés en el trabajo por necesidad de
mantener la adrenalina.
• No acumular trabajo para asegurarse contra el aburrimiento. No temer
vacaciones y tiempo libre.
• No transformar el hogar en la sucursal de la oficina.
• No planificarse a base de “atracones” de trabajo. No hacer muchas cosas a la
vez. La compulsión es enemiga del placer. Volver a disfrutar del trabajo.
• No creerse indispensable, aprender a delegar en otros. Aceptar los errores
como lecciones de vida.
• No creer que toda actividad debe tener un objetivo. Eliminar los sentimientos
de culpa por no estar trabajando.
• Disfrutar del proceso de las cosas más que de los resultados. De la calidad
más que de la cantidad.
• No preocuparse por dar la imagen de “ocupado”. Dejar de creer esta va a
originar admiración en los demás. Aprender a ganarse la propia aprobación.