El acné, una enfermedad de civilizaciones occidentales
Es el caso de los Kitava, habitantes de una isla cercana a Papua Nueva Guinea, y de los Aché, un pueblo de cazadores-recolectores que habita en los más de 20.000 kilómetros cuadrados que separan Paraguay de los ríos del Paraná. Ni una sola muestra de acné entre los más de 1.200 sujetos estudiados.
Los resultados corresponden a una investigación llevada a cabo por científicos de la Universidad de Colorado publicada recientemente en 'Archives of Dermatology'. Las evidencias han hecho pensar a los expertos que la dieta y los elementos ambientales podrían tener una influencia determinante en la incidencia del acné.
Estos trabajos se llevaron a cabo en los territorios en los que habitan ambas poblaciones. La isla de Kitava alberga a 2.250 habitantes en sus 25 kilómetros cuadrados en los que, durante 7 semanas, uno de los miembros del equipo científico visitó 494 casas del lugar sin encontrar rastro de acné en ninguno de los sujetos evaluados (incluidos 300 jóvenes con edades comprendidas entre los 15 y los 25 años). Algo similar ocurrió en el caso de los Aché, cuyo seguimiento se prolongó a lo largo de 843 días. Ni un caso de Acné vulgaris, sólo un hombre de mediana edad presentaba cicatrices post-acné. Los expertos no descartan que ciertos comedones cerrados hayan pasado desapercibidos en los exámenes visuales de ambos casos.
No es la primera vez que los científicos descubren importantes diferencias entre este tipo de tribus y las civilizaciones occidentales. En el caso del acné, los esquimales fueron uno de los primeros pueblos en el que se descubrió que la enfermedad aumentaba drásticamente al entrar en contacto con Occidente, mientras que había permanecido prácticamente inexistente mientras duraba su tradicional dieta a base pescado. Algo similar ocurrió con los habitantes de una isla situada al sur del mar de China: ni un solo caso de acné registrado entre más de 9.900 escolares con edades comprendidas entre los 6 y los 16 años en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial.
La diferencia con los porcentajes registrados en grupos occidentales hace concluir a los autores de esta investigación que la incidencia de la enfermedad no puede ser atribuida exclusivamente a factores genéticos. Conocer que la dieta y otros factores ambientales pueden influir en esta condición dermatológica puede tener, a su juicio, importantes implicaciones para los tratamientos anti-acné en las sociedades modernas.
La explicación podría estar en la respuesta endocrina obtenida mediante la cascada hormonal puesta en marcha por la hiperinsulinemia, que promueve simultáneamente un crecimiento de los tejidos no regulados y un aumento de la síntesis de andrógenos. Por este motivo, consideran que las dietas hiperinsulinémicas son un nuevo factor ambiental, desconocido hasta el momento, y que podría jugar un papel determinante en el desarrollo de acné a través de su influencia en el crecimiento del folículo epitelial, de la keratinización y de la secreción de grasa.
Sin embargo, en un editorial que acompaña al texto, Diane Thiboutot, de la Universidad de Pennsylvania, se pregunta porqué razón los individuos obesos, que son relativamente resistentes crónicos a la insulina, no tienen una mayor prevalencia del acné. A su juicio esto indicaría que la presencia del problema en los jóvenes debe estar asociada a otros factores más allá de la obesidad y la resistencia a la insulina. Su principal conclusión es que, pese a los argumentos aportados por el doctor Cordain y su equipo en este trabajo, es difícil separar la influencia de los factores genéticos y ambientales en este terreno. “Es posible que los adolescentes occidentales estén más expuestos al acné debido a su tipo de dieta; sin embargo, es difícil saber si una dieta con una baja carga glicémica podría alterar el acné en otro tipo de poblaciones”, concluye.
Arch Dermatol. 2002; 138: 1584-90 y 1591-92