La seguridad del paciente, un campo a desarrollar

Poco a poco el concepto de 'seguridad' del paciente durante su contacto con el sistema sanitario va incorporándose a la práctica habitual de la medicina. Existe una extensa lista de posibles intervenciones de seguridad que reducen la probabilidad de sufrir un suceso adverso, que van desde el uso de anticoagulación profiláctica hasta las protecciones anti-escara.


JAMA dedica en su último número dos editoriales a esta cuestión que polemizan sobre la necesidad o no de basar estas modificaciones en criterios de medicina basada en la evidencia.

En 1991 se publicó The Harvard Medical Practice Study, un trabajo clásico que puede considerarse como iniciador del movimiento en pro de la seguridad del paciente. Este documento, identificó una elevada incidencia de iatrogenia (3,7%) entre los pacientes hospitalizados y examinó, quizás por primera vez las causas de estos sucesos adversos. Las conclusiones fueron que un tercio de estos sucesos requerían avances médicos no disponibles mientras que los dos tercios restantes podrían prevenirse introduciendo diferentes métodos fiables de reducción de los errores.

Posteriormente, el informe Errar es Humano, publicado también en EE UU, incluyó datos epidemiológicos que identificaban 1 millón de lesiones anuales y casi 100.000 muertes como consecuencia de errores médicos. Estos datos trasmitieron gran inquietud no sólo a los consumidores sino también a las organizaciones sanitarias y condujeron a la búsqueda exhaustiva de prácticas de seguridad de una forma reglada.

El esfuerzo se vió finalmente plasmado en un documento de más de 600 páginas elaborado por más de 40 expertos impulsado por la Agencia Norteamericana de Investigación y Calidad Sanitaria (en inglés, Agency for Healthcare Research and Quality). El informe se confeccionó con criterios de medicina basada en la evidencia, es decir, sólo se incluyeron prácticas que hubieran sido evaluadas mediante estudios científicos.

A pesar de las expectativas creadas, la publicación de este informe defraudó a un gran número de expertos. Y es que no incluía un gran número de intervenciones de seguridad que se habían implantado con gran esfuerzo en algunos centros sanitarios. Es más, de las 11 recomendaciones clásicas sólo 3 habían sido consideradas como problemas de seguridad: la anticoagulación como profilaxis de la trombosis venosa profunda, la profilaxis antibiótica para la infección quirúrgica y las protecciones anti-escara.

Abundando en el tema, sólo se incluyeron 3 de las 15 recomendaciones de las Asociaciones de Hospitales Americanos y de Massachussets sobre administración de fármacos: la unidosis, la prescripción informática y el código de barras. Además ninguna de éstas fue considerada de gran prioridad.

Y es que el informe se decanta llamativamente a favor de los progresos tecnológicos como la aspiración subglótica continua de secreciones en los pacientes intubados para evitar infecciones o la canalización de vías centrales con control ecográfico. Quedan en desventaja un gran número de modificaciones organizativas o intervenciones simples que lógicamente no pueden ser comprobadas en un diseño de estudio controlado y aleatorio tal y como exigen los criterios de medicina basada en la evidencia.

Los autores de los artículos publicados en ‘JAMA’ argumentan en torno a la conveniencia de aplicar estos criterios tan estrictos a la hora de recomendar o introducir determinadas prácticas de seguridad para el paciente.

Desde nuestro punto de vista, los trabajos son recomendables porque nos introducen en este relativamente novedoso campo en nuestro país. Proporcionan además un listado exhaustivo de las posibles intervenciones con sus diferentes niveles de evidencia.




JAMA Vol. 288 No. 4, Julio 24/31, 2002