Pagina 12, Suplemento Futuro. Sábado 27 de
Octubre de 2001 (Reproducido con autorización)
El
correo en tiempos del ántrax
|
|
Parece que la muerte viene por carta, y no en sentido metafórico,
porque no es lo que anuncian las cartas lo que importa. El ántrax
(enfermedad que también contagian los bovinos y de la que hay dos casos
de la más benigna variante cutánea por año en la provincia de Buenos
Aires) parece haber elegido como blanco también a la periférica
Argentina, con fines de terror. Por eso, en esta edición Futuro se pone
esos trajes especiales con máscara y guantes para tratar el tema del
bioterrorismo, en su versión de ántrax, junto con la temible posibilidad
del regreso de la viruela. |
El correo en tiempos del ántrax
Por Agustín Biasotti
Ya
nadie escribe cartas de amor. Y los amigos que se fueron a otro país no guardan
más estampillas ni sobres en el cajón del escritorio o de la mesita de luz.
Nuestros seres queridos prefieren enterarnos de su suerte a través de una
llamada telefónica, un fax o un igualmente aséptico e-mail. Las postales, al
igual que las tarjetas de Navidad o Año Nuevo, que progresivamente habrán de
perder sus colores en los escaparates de los comercios y los quioscos de
diarios, han sido condenadas a congelar imágenes del día previo al terror
postal, al miedo al terrorismo biológico.
El ántrax ha sido confirmado hace poco más de una semana por las máximas
autoridades sanitarias del país, ya está entre nosotros. Sin embargo, ésta,
su temida llegada al mundo globalizado, ha desconcertado a los especialistas,
dando por tierra con sus predicciones. Tan sólo dos años atrás, un comité de
expertos norteamericanos en armas biológicas escribió una revisión del tema
para el periódico de la American Medical Association, en el que llamaba a
prevenir posibles ataques de ántrax... por aire.
En dicho artículo, titulado “Anthrax as a Biological Weapon. Medical and
Public Health Management” (JAMA, 12 de mayo de 1999) advierte sobre que “el
mayor riesgo para la salud humana seguido de una intencional dispersión en el
aire de esporas de ántrax ocurre durante el período en que las esporas
permanecen en el aire. La duración de este período y la distancia que viajan
antes de perder capacidad infecciosa y caer al suelo depende de condiciones
meteorológicas y de las propiedades aerobiológicas del aerosol utilizado para
dispersarlas”.
Es verdad que los prestigiosos autores de este artículo (seguramente uno de los
más elaborados sobre el tema) hacen referencia a la posibilidad de que las
armas biológicas sean empleadas ya no en una guerra, sino que sean usadas con
fines terroristas: “La posibilidad de un ataque terrorista utilizando armas
biológicas sería especialmente difícil de predecir, detectar o prevenir, por
lo que se encuentra entre los escenarios terroristas más temidos”, escriben;
pero en ninguna de sus páginas se menciona siquiera la posibilidad de que los
ataques sean, al menos en un principio, una cuestión de alcance personal.
Después de todo, ¿existe algo más individual que el destinatario de una
carta? Bueno, es lícito argumentar que las esporas contenidas en un sobre
pueden contaminar a alguien más que al destinatario, pero aun así la imagen de
la muerte que viaja por correo difiere radicalmente de aquella otra que sí
fuera vaticinada por los expertos, y en la que se ve a un modesto avión dejando
caer un centenar de kilos de esporas de ántrax sobre los techos de una
desprotegida ciudad.
Martín Lema, licenciado en Biotecnología de la Universidad Nacional de
Quilmes, cuenta en su libro Guerra biológica y bioterrorismo que “un informe
de la Oficina de Asesoramiento en Tecnología de los Estados Unidos sostiene que
una avioneta equipada con un equipo de fumigación sobrevolando Washington DC
(como la que se estrelló en la Casa Blanca en 1994) en una noche clara y
cargando 100 kilos de esporas podría despachar una dosis letal a tres millones
de personas”.
Ha quedado demostrado que no hace falta tanto despliegue para desatar el pánico
y la psicosis a escala mundial con relación a una afección que, como veremos más
adelante, ha sido y es endémica de estas tierras. Ahora, la pregunta es: ¿la
enfermedad por correo es tan peligrosa como la quepodría precipitarse desde un
avión o incluso asomar su fea cabeza a través de otros medios masivos de
contagio?
Pero responder pensando en ántrax no es lo mismo que hacerlo teniendo en mente,
por ejemplo, la viruela. Cierto es que son numerosos y diversos los agentes biológicos
–bacterias, virus, hongos, toxinas– presentes en la naturaleza y en los
laboratorios de máxima seguridad que pueden ser empleados como armas. Y, a esta
altura del partido, sería imprudente ser discreto una vez llegado el momento de
confeccionar la lista de amenazas. Empecemos con el ántrax, que ya es un
conocido de la casa.
Antrax,
con sello argentino
Llamemos
a las cosas por su nombre: ántrax es una traducción mal y a las apuradas de
anthrax, en inglés; mal porque el español cuenta ya con una forma de llamar a
esta enfermedad que es carbunclo o carbunco, y a las apuradas porque tan sólo
saca una hache y agrega un acento. Hablar de carbunclo y no de ántrax no es
gratuito, pues esta enfermedad tiene una larga historia en estas pampas en las
que mayormente se ha hablado el español.
Se estima que las primeras vacas –pues en realidad ésta es una zoonosis capaz
de afectar secundariamente al ser humano– que llegaron a la Argentina trajeron
al carbunclo en sus entrañas. El académico Juan Carrazoni, en su Historia de
ganaderos y de veterinarios de la República Argentina, sugiere que las características
de ciertas afecciones del ganado bovino consignadas en las memorias del Cabildo
de Buenos Aires coinciden con las del carbunclo, cuya forma humana fue descripta
por primera vez en el país por el doctor Francisco Muñiz, recién en 1847.
En la Argentina, al igual que en Estados Unidos, la forma más frecuente que
adquiere el carbunclo es la cutánea (pulmonar y digestiva son las otras). Aquí,
el contagio suele producirse cuando el hombre de campo cuerea (le saca el cuero,
literalmente) al animal muerto; en esta tarea es común que el trabajador lacere
sus manos o sus brazos, abriendo vías de entrada a su organismo para las
esporas del carbunclo que se encuentran en el animal.
Antes de seguir, aclaremos de qué hablamos cuando hablamos de esporas. Sucede
que el protagonista de esta pesadilla, el Bacillus anthracis, (bacteria
identificada en 1881 por Robert Koch, el mismo de la tuberculosis, que es el
bacilo de Koch, precisamente) ante una agresión del medio ambiente se concentra
sobre sí mismo, se deshidrata y adopta la forma de espora que le permite
sobrevivir en estado latente por años, sin importar las condiciones
ambientales, hasta despertar en el interior de un nuevo huésped.
Volvamos entonces a la Argentina. José Hernández, en sus “Instrucciones al
estanciero”, condenaba la costumbre de desollar los animales que llevaba al
contagio de esta enfermedad a la que consideraba una de las más comunes y
peligrosas del ganado bovino. Aún hoy, esta costumbre es la responsable, en
parte, de los aproximadamente dos casos anuales de carbunclo cutáneo que se
producen en la provincia de Buenos Aires. La falta de vacunación del ganado es
la otra responsable: el estudio por parte del Laboratorio Azul, de esa
localidad, de los 2018 supuestos casos de carbunclo animal denunciados entre
1977 y 2000 reveló 279 casos positivos.
“El ántrax cutáneo, la forma más común, es usualmente curable –afirma el
doctor Víctor ROSENTHAL, especialista en enfermedades infecciosas y clínica
médica, miembro del grupo redactor de las Normas de Control de Infecciones del
Ministerio de Salud de la Nación–. Su nombre, que en griego significa carbón,
se refiere justamente a la típica escara negra de las áreas de la piel
afectadas.” Entre los tres y los cinco días posteriores a la lesión, aparece
una pápula (sobreelevación de la piel que no produce picazón) no dolorosa que
luego se transforma en una ampolla que se seca dando lugar a la característica
escara negra, rodeada por un edema y pequeñas ampollas púrpuras. Grano malo,
le dicen en el campo. “Aunque la forma cutánea tiende a ser autolimitada, el
tratamiento con antibióticos suele ser recomendado para evitar posibles
complicaciones”, advierte ROSENTHAL.
En cuanto a la forma digestiva del carbunclo, ésta es la más infrecuente.
“Puede ser fatal –asegura este especialista–. Los síntomas aparecen entre
los dos y los cinco días posteriores a la ingestión de carne de animales
enfermos contaminada con los gérmenes.” Aunque en los Estados Unidos no ha
sido reportado ningún caso de la forma digestiva, en la Argentina se sabe de
uno que ocurrió cuando un peón de campo utilizó el mismo cuchillo empleado
para cuerear un animal para luego cortar el asado.
Las
esporas asesinas
Pero
no son las formas cutáneas ni las digestivas las que preocupan a los expertos
en terrorismo biológico y las que le quitan el sueño a la población en
general. Es la forma pulmonar o inhalatoria la más peligrosa, y también la
preferida para ser usada como arma biológica. “Si se inhalan (las esporas),
normalmente en uno a seis días (aunque se han observado hasta a los 43 días de
ocurrida la inhalación) se desarrollan síntomas similares a los de una infección
respiratoria ordinaria, seguidos de fiebre alta, vómito, dolor en las
articulaciones, respiración dificultosa y lesiones internas y externas
sangrantes –escribe Martín Lema–. La muerte sobreviene repentinamente, por
falla cardiorrespiratoria.”
Y agrega: “La exposición puede ser fatal, con un 90% de mortalidad si no se
aplica tratamiento”. Claro que el tratamiento sólo es efectivo si es
administrado en los primeros días posteriores a la infección. “Una vez que
aparecen los síntomas del carbunclo inhalatorio, la precoz administración de
antibióticos es esencial”, afirman los autores del artículo “Anthrax as a
Biological Weapon”.
“Una demora de horas en el tratamiento de los pacientes infectados con
carbunclo puede disminuir sustancialmente las posibilidades de sobrevivir de
estos pacientes –agregan–. Dada la dificultad de obtener un rápido diagnóstico
microbiológico, todas las personas con fiebre o evidencias de enfermedad sistémica
en el área donde han ocurrido casos de carbunclo deben ser tratados hasta que
los análisis excluyan la enfermedad.”
Afortunadamente, las cepas naturales de Bacillus anthracis son sensibles a la
mayoría de las familias de antibióticos, desde las penicilinas hasta las
fluoroquinolonas. Desafortunadamente, existen cepas genéticamente modificadas
de esta bacteria: “Han sido publicados reportes de cepas de B. anthracis que
han sido construidas por científicos rusos para resistir a las tetraciclinas y
a las penicilinas. Si bien una forma de ántrax resistente a las
fluoroquinolonas es posible, a la fecha no han sido publicados trabajos en este
sentido”.
En la práctica, es esta posibilidad de que las cepas que circulan por correo
sean resistentes a las primeras líneas de antibióticos las que obligan a
recurrir como herramienta terapéutica de elección a las fluoroquinolonas (más
precisamente, a la ciprofluoxacina), aun a sabiendas de que su uso masivo puede
llevar a la aparición de resistencia bacteriana que tire por la borda en unos
pocos años a esta aún hoy poderosa arma para combatir diversas infecciones
bacterianas.
Otro aspecto del carbunclo por vía inhalatoria que lo postula como arma biológica
de elección (de hecho pertenece a la categoría A –ver recuadro-, que reúne
a las más peligrosas) es el tremendo potencial letal de las esporas y la
fabulosa capacidad de sobrevivir al clima y a las tentativas de descontaminación.
En primer lugar, se sabe que basta tan sólo unnanogramo de esporas para que la
dosis sea letal (un nanogramo es la milésima parte de la millonésima parte de
un gramo).
En segundo lugar, dos experiencias con dichas esporas confirman su capacidad de
supervivencia. “La isla de Gruniard, situada frente a las costas de Escocia,
fue utilizada para probar carbunclo sobre ganado por los aliados durante la
Segunda Guerra Mundial –cuenta Lema en su libro–. Se pensó que estaba a una
distancia segura del mar, pero los experimentos debieron ser terminados cuando
surgió un brote en el ganado de la costa que enfrenta la ínsula. La
persistencia de las esporas es tal que la isla ha permanecido 50 años “en
cuarentena”, y no se sabe con certeza si los procesos para descontaminarla han
sido efectivos.”
Sin embargo, la experiencia más estudiada fue el incidente que tuvo lugar en
1979 en Sverdlovsk, una ciudad situada en los Urales rusos, y que causó 68
muertes. “En 1992, el presidente Boris Yeltsin reconoció que los programas de
guerra biológica no habían terminado aún, y que el incidente en cuestión se
había originado a causa de la explosión de un laboratorio militar cercano, con
la consecuente liberación accidental del patógeno cuyas esporas fueron
transportadas 40 kilómetros por el viento hasta el poblado.”
Lo único que puede decirse a favor de las hoy temidas esporas es que la
enfermedad a que dan lugar no se transmite de persona a persona. Lo que no es
poco decir, especialmente si de lo que vamos a hablar ahora es de la viruela.
Pero este es otro tema y merece por lo tanto un subtítulo.
Viruela,
ese infierno tan temido
¿Por
qué es tema la viruela, una enfermedad que, vacunación mediante, pudo ser
erradicada en 1977? Además, ¿no se supone que tan sólo quedan muestras del
virus en los Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades (CDC) de
los Estados Unidos y en el Instituto de Preparaciones Virales de Moscú, Rusia,
tradicionales oponentes hoy reconciliados frente a un nuevo enemigo? Bueno,
sucede que los temores son justificados tan sólo porque el virus que la causa
ha matado en el mundo a más personas que cualquier otra enfermedad infecciosa;
se estima que aproximadamente 500 millones de personas murieron en sus manos sólo
en el siglo XX.
“De ser utilizada como arma biológica, la viruela representa una seria
amenaza para la población civil debido a que presenta un 30% de mortalidad
entre personas no vacunadas, y a la ausencia de un tratamiento específico. A
pesar de que ha sido temida como la más devastadora de todas las enfermedades
infecciosas, su potencial devastador es hoy todavía mayor que antes. La
vacunación rutinaria en los Estados Unidos cesó hace más de 25 años. La
viruela sería capaz de extenderse rápidamente a través de todo el país y el
mundo”, escribió otro panel de expertos en la revista de la American Medical
Association.
Aunque existe una vacuna para la viruela –la vaccinia, descubierta en 1796 por
Edward Jenner, quien demostró que la vacunación con un virus bovino de la
misma familia protege contra la enfermedad–, el artículo recién citado,
“Smallpox as a Biological Weapon. Medical and Public Health Management”
(JAMA, 9 de junio de 1999), recuerda que “en 1980 la Organización Mundial de
la Salud (OMS) recomendó que cesara la vacunación en todos los países, luego
de que en 1977 se declarara erradicada la viruela. Un comité de expertos de la
OMS recomendó que todos los laboratorios destruyeran los stocks remanentes de
este virus o que los transfirieran a uno o dos centros de referencia” (los dos
centros arriba citados). Si bien todas las naciones aseguraron haber obedecido
estas recomendaciones, existen evidencias de que esto no fue así.
Recientemente, Ken Alibek, un ex líder de la hoy extinta Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas, confesó públicamente que a comienzos de 1980 el
gobierno soviético se embarcó en un programa para producir el virus de la
viruela en grandes cantidades (¡toneladas!) y adaptarlas para ser usadas en
bombas y misiles intercontinentales. Además, un informe secreto de la
inteligencia norteamericana concluía en 1998 que, además de Rusia, Irak y
Corea del Norte probablemente contaban ya con muestras del virus para ser usadas
con fines militares.
El artículo del JAMA agrega, sin dar muchas vueltas, que: “La deliberada
reintroducción de la viruela como enfermedad epidémica sería un crimen
internacional de impredecibles proporciones, pero es ahora considerado como una
posibilidad. La liberación del virus en forma de aerosol lo diseminaría
enormemente, dada la considerable estabilidad de este tipo de virus en los
aerosoles y que la dosis infecciosa es muy pequeña”. En un brote que tuvo
lugar en Europa entre los ‘60 y ‘70, se estimó que cada caso de viruela
daba lugar a entre 10 y 20 contagios.
Aun ante brotes ínfimos: en 1947, la aparición de un solo caso de viruela en
Nueva York (que más tarde daría lugar al contagio de otras 12 personas) llevó
a la vacunación masiva de seis millones de personas. Es que ninguna medida de
prevención pareciera ser suficiente para frenar este mal extremadamente
contagioso.
“Esta enfermedad comienza con una erupción cutánea –explica el doctor ROSENTHAL–.
Primero son maculopatías (manchas sobreelevadas), luego vesículas (ampollas),
más tarde pústulas (granos con pus) y finalmente costras. Este proceso dura de
una a dos semanas. El paciente pude recuperarse o, en el 30% de los casos,
morir.”
Fiebre alta y postración son otros síntomas característicos de la enfermedad.
Y es, justamente, durante este difícil trance que el virus se vuelve más
contagioso. “Los pacientes contagian la viruela principalmente a las personas
con las que viven y a sus amigos; grandes brotes en escuelas, por ejemplo, son
poco frecuentes –explican los autores del artículo del JAMA–.”
Visto y considerando los peligros de esta casi perfecta arma biológica, por qué
no recurrir entonces a una nueva ronda mundial de vacunación. El primer
problema es práctico: desde la década del ‘70 no se fabrica la vacuna contra
este mal, y las dosis remanentes son más bien pocas. “En los Estados Unidos,
sólo hay una limitada reserva de vacunas producidas por los laboratorios Wyeth
en los ‘70. Se estima que este remanente es suficiente para vacunar a entre
seis y siete millones de personas(informes más optimistas dicen que las dosis
alcanzarían para 15 millones). La OMS, por su parte, cuenta con 500.000
dosis.” Según el citado panel de expertos norteamericanos, no hay reservas
suficientes como para hacer frente más que a una potencial situación de
emergencia.
¿Por qué no una nueva vacuna? Sucede que la vacunación rutinaria con vaccinia
no está libre de riesgos: se estima que produce complicaciones en una de cada
13.000 personas vacunadas, complicaciones que van desde severas erupciones hasta
encefalitis (inflamación cerebral); una persona vacunada en un millón muere
por estas causas. Pero hoy, además, hay un riesgo extra que los infectólogos
no pueden desconocer: los avances en medicina han permitido la supervivencia de
muchos pacientes con graves enfermedades que antes llevaban indefectiblemente a
la muerte; éstas o a veces sus tratamientos dejan a quienes las padecen con sus
defensas diezmadas. Aquí estamos hablando de la leucemia, los linfomas, los
trasplantes de órganos y el HIV.
Evidentemente, no queda duda alguna de que el mundo de hoy no está preparado
para afrontar una guerra biológica.