En el tratamiento del dolor persistente no sólo debe eliminarse la causa del dolor, sino atender también a sus consecuencias y a los factores contribuyentes, que en conjunto constituyen la enfermedad.


El dolor persistente es un importante problema de salud. En varios países se ha encontrado que aproximadamente el 18% de la población tiene dolor continuo de 3 a 6 meses de duración y algunos autores han señalado una prevalencia cercana al 50%. Además del impacto social del dolor, ahora se tienen conocimientos más claros acerca de los efectos perniciosos del dolor en el individuo. Sin embargo, la investigación clínica se ha focalizado en la enfermedad subyacente al dolor, lo que refleja el punto de vista histórico del dolor como síntoma inespecífico de la enfermedad. Se ha sugerido que el dolor persistente no debe verse como un síntoma, sino que debe considerarse como una enfermedad por derecho propio. Este trabajo tiene como objetivo analizar esa proposición.


El enfoque médico actual está basado principalmente en el modelo de enfermedad, definida como "un trastorno con causa específica y signos y síntomas reconocibles"; una enfermedad es un trastorno real con su propia causa específica, sus síntomas y signos. La visión tradicional considera al dolor como un síntoma de la patología primaria responsable de la enfermedad. Con este modelo, el objetivo del médico es identificar y luego tratar la enfermedad primaria como causa del dolor. Este modelo orientado al diagnóstico de la enfermedad funciona razonablemente bien en el dolor agudo, pero no así en el dolor persistente, por lo que se ha sugerido que en este caso es un modelo inadecuado. Al examinar el modelo conceptual alternativo, el dolor persistente debería tener su propia patología, síntomas y signos, en lugar de ser el síntoma inespecífico de otra enfermedad.


Es necesario en primer lugar definir el concepto de "dolor persistente". El dolor es una experiencia displacentera sensorial y emocional asociada con daño tisular real o potencial, o descrita en términos de ese tipo de daño. El dolor persistente suele definirse como el que se mantiene más allá del tiempo de curación esperado, y en este trabajo se define como el que persiste más allá de los tres meses. Al considerar el dolor persistente como una entidad independiente, éste debe tener no sólo sus síntomas y signos sino su propia patología; además, esta patología se hace independiente del proceso inicial, por lo que se autoperpetúa y continúa más allá de la resolución de cualquier enfermedad subyacente.


La transmisión de los estímulos nociceptivos como consecuencia de la injuria tiene un impacto rápido y sostenido en el ambiente fisiológico. En la periferia la activación de las fibras nociceptivas liberan neurotransmisores que provocan cambios inflamatorios periféricos, con liberación de péptidos, cambios en la excitabilidad sensorial y en las fibras simpáticas, vasodilatación, extravasación de proteínas plasmáticas y acción sobre las células inflamatorias para liberar mediadores químicos. Esto produce incremento de sensibilidad tanto a estímulos mecánicos como térmicos, a niveles inocuos (alodinia) y nocivos (hiperalgesia). También hay alteraciones en la respuesta del sistema nervioso autónomo, y cambios vasomotores periféricos caracterizados por aumento o disminución del sudor, palidez o eritema, cambios de la temperatura, alteraciones en el crecimiento del pelo y las uñas y osteoporosis, así como síntomas sensoriales. Estos y otros cambios pueden contribuir a la aparición de alteraciones de la respuesta neuronal central, conocidas como "sensibilización central", con incremento de la respuesta a estímulos periféricos. El dolor también activa estructuras que participan en la regulación de la presión arterial, la respiración, el control vasomotor y la homeostasis metabólica. La persistencia del estímulo nociceptivo puede tener un importante impacto en la función psicológica, con trastornos del humor, irritabilidad y depresión; en algunos casos esto lleva a pérdida del empleo y quiebre de las relaciones familiares. El impacto continuo de los estímulos nociceptivos y neuropáticos produce cambios en el huésped que constituyen una "patología del dolor". Con la excepción de la conversión histérica, en ausencia de estímulos nociceptivos permanentes no existen pruebas que indiquen que los factores psicosociales puedan generar dolor.


En nuestra opinión el dolor es una entidad independiente, porque cumple los criterios de poseer su propia patología, signos y síntomas.


Tanto el dolor primario como secundario ocurren en un ambiente de multitud de factores, que pueden ser considerados como la patología "terciaria". Estos factores son la carga genética, la inhibición en el nivel medular, el estado psicológico y el sistema social. Estos factores ambientales pueden ser claves para explicar la variabilidad de respuestas a niveles de nocicepción aparentemente similares. Si bien no existen mayores fundamentos que apoyen la existencia de "dolor psicogénico", los factores psicológicos pueden incrementar la percepción del dolor. Los procesos sociales ambientales también pueden afectarlo; las grandes variaciones observadas pueden estar relacionadas con un ambiente social que estimula o bloquea las conductas del dolor.


En la visión tradicional del dolor persistente como síntoma de otra enfermedad, el principal objetivo es la identificación y tratamiento de la patología primaria subyacente; el médico intenta identificar y tratar la causa del dolor. En muchos casos este enfoque es apropiado y pueden obtenerse buenos resultados, pero pueden surgir problemas si se hace énfasis exclusivo en la localización y el tratamiento de otra enfermedad y no se reconoce el dolor como "patología". Al no hallarse la causa, los pacientes pueden ser calificados de simuladores o "funcionales". El objetivo del enfoque basado en el dolor como enfermedad es el de tratar la patología primaria y observar la patología secundaria o consecuencias del dolor persistente. Esto se logra por la reducción directa de los estímulos (antiinflamatorios no esteroides, bloqueo con anestésicos locales, bloqueo de los canales de sodio, analgésicos) o por la reducción de los efectos de estos estímulos en los procesos centrales (analgésicos, antagonistas de NMDA, anticonvulsivantes, antidepresivos tricíclicos, técnicas de estimulación y medidas psicológicas). Por último, al considerar elementos del medio ambiente se identifica la patología "terciaria", que pueden actuar como factores que contribuyen al dolor permanente.


   Año VI, N° 107, Junio 2005